El hombre tropieza TRES veces con la misma piedra

El que no espera, desespera. Una verdad como un puño. Un puño tan grande como una calabaza. No hay nadie en la historia de la humanidad que no haya estado aguardando por algo o por alguien en algún momento de su vida. Si no tienes la paciencia necesaria para soportar la pérdida de tiempo, los nervios te engullen a ti. Te vuelves su presa. En un mundo perfecto la impaciencia sería una virtud, y cobraríamos por ella. Seríamos todos ricos y los estoicos dejarían de regodearse con su discurso de superioridad moral basada en el conformismo. Una mente inquieta no asimila y acepta, cambia el mundo a voluntad.

En aquel episodio de mi vida, uno de los más extraños e inquietantes por los que he pasado, me tocaba esperar en la cafetería Rous. Eso sí, al menos no estaba solo. Me acompañaba mi amigo Cristóbal. Cristo para los amigos, así que para vosotros lo llamaré por su nombre completo. Él y yo formábamos dos de los tres vértices del triángulo nada equilátero que resumía nuestra escasa vida social. Por supuesto, como bien habréis adivinado, esperábamos a nuestro tercer amigo, Nicolás. Nico para sus dos únicos amigos, para los demás, ya sabéis. Por cierto, me llamo Federico, y únicamente permito llamarme Fede a los que son de mi círculo más próximo, que son justo dos.

Siempre hemos sido nosotros tres, desde que tenemos memoria. Cada uno con su personalidad dispar, pero inseparable del resto. Nos conocimos en la guardería, en nuestro tercer año de vida, y nuestros caminos han seguido juntos desde entonces. Entre el segundo y el cuarto año de la escuela primaria, un profesor de educación física nos puso el mote que nos acompañó hasta finalizar la secundaria. Nos llamó “las tres mellizas”. Nosotros a él lo convertimos en “la bruja aburrida”. Aún lo conocen así a día de hoy por los pasillos, más de tres por cuatro años después de nuestra marcha.

Llegó el bachillerato en el único instituto de nuestra pequeña ciudad, que estaba regido por sacerdotes. Un compañero de clase con gran talento para el dibujo creó una caricatura de nosotros, donde uno aparecía como una paloma. Esta obra puede considerarse nuestro bautismo como “la santísima trinidad”. A los curas les escandalizó tanto la pequeña blasfemia que consiguieron que el nuevo mote desplazara al anterior. En esa época vinieron las primeras decisiones sobre el futuro. Cada uno de nosotros tenía algo que le apasionaba. A saber, el griego clásico, la teología, la política… Se puede decir que éramos más de trivium que de quadrivium, por ello la elección de las ciencias sociales fue fácil para nosotros. Éramos muy responsables y aplicados, así que nuestras notas medias al final de este periodo rondaban tres veces tres con treinta y tres.

Con ese expediente podíamos estudiar cualquier carrera y en la universidad que eligiésemos. No obstante, éramos conscientes de que sería muy difícil vivir de nuestras aficiones favoritas, por lo que optamos por escoger una carrera con más salida profesional y que nos gustase a los tres, que vino a ser derecho. Nuestra vida se desarrollaba en torno a una tríada de sitios clave. El primero fue la facultad, donde la gente, en un alarde de madurez similar a la que se tiene en la primaria, empezó a llamarnos “los tres mosqueteros”. El segundo lugar fue nuestro piso compartido, ubicado no muy lejos del aulario, que tenía un trío de habitaciones, y por desgracia para mí, nada más que un solo baño. El último enclave era una cafetería al lado de nuestro portal, donde quedábamos a la salida de todos y cada uno de los exámenes, para intercambiar impresiones. Fueron tres por cinco tercios de años muy enriquecedores. Tanto, que al acabar decidimos alargarlo un año más haciendo juntos un máster sobre derecho mercantil e internacional en la misma universidad.

Y todo esto nos llevó hasta ese momento por el que lleváis aguardando desde que empezó mi narración. Hablo de nuestra primera entrevista de trabajo. Tuvo lugar en una gran empresa, con sede en tres continentes distintos. Una terna de vidas de estudio y buenas calificaciones esperando por un sólo instante decisivo. Todos nos presentábamos para el mismo puesto, con una única plaza. Tuvimos las entrevistas individuales, a la misma hora, en tres salas distintas. Tras acabar, decidimos que nos veríamos en un café cerca de la multinacional, con idea de valorar el resultado de las pruebas, manteniendo así nuestra tradición a la salida de los exámenes de la carrera. Y como siempre, yo llegaba primero, Cristóbal poco después, y luego nos quedaba a ambos un buen rato de esperar a que Nicolás acabase, que siempre apuraba el tiempo al máximo.

Cuando finalmente llegó el último miembro de nuestro triunvirato, la impaciencia nos estaba devorando a los que aguardábamos. Había sido una experiencia intensa y estresante, como son todas las entrevistas de trabajo en general, y la primera en particular. Pero no era eso lo único que crispaba nuestros nervios. Como ya os dije, fue algo totalmente atípico. A pesar de mi formación, yo no estaba preparado para el desarrollo de la prueba, y me moría de ganas de compartir con ellos y saber si las suyas fueron similares. La mirada de Cristóbal durante la espera me hacía pensar que la de él al menos había sido como la mía. Nos bastó a ambos un vistazo a los andares enérgicos de Nicolás para saber que nos habían triplicado el ardid. En su voz no había menos irritación que en su caminar cuando exclamó antes de sentarse:

—¡A la cuenta de tres, todos resumimos nuestra entrevista usando menos de cuatro palabras! ¡TRES!

—¡DOS! —continuó Cristóbal

—¡UNO! —acabé yo.

—¡TRES PUÑETERAS CAJAS! —gritamos de forma unánime, entre risas, mezcladas con incredulidad y una pizca de desprecio.

Pues sí, todos habíamos pasado por el mismo trance sin sentido. En nuestra vida académica cada prueba estaba clara. Te daban un temario, lo estudiabas y demostrabas saberlo por el método que fuera preciso. Sin embargo, nuestro primer contacto con la vida real rompió todos nuestros esquemas. Tras esperar en la recepción, nos llevaron a una sala, y nos sentaron en una mesa enorme, donde había tres cajas, hechas de distinto material. Una estaba cubierta de pan de oro, totalmente lisa. A su lado había una de madera de buena calidad, con bellos grabados geométricos. La última era de plástico blanco, sin nada especial. Junto a ellas, una nota de papel con una única palabra escrita en mayúsculas: ESCOGE. Ni siquiera teníamos a nuestro “examinador” en frente. Solos ante lo desconocido, sin la más mínima idea de qué era correcto y qué no.

Una vez todos estuvimos servidos de una bebida caliente, y tras una serie de críticas a la pantomima realizada, y un repaso al sistema educativo que no nos preparó para la realidad que habíamos vivido, nos sentimos más calmados. Lo peor de todo era la incertidumbre, el no tener ni un mísero indicio de qué había sido correcto y qué no. Anteriormente, frente a una duda en un examen, mirabas los apuntes y confirmabas. Sin embargo, la vida no viene con un manual de referencia. ¿Cómo podíamos evaluar el resultado de la prueba de cada uno si los tres teníamos interpretaciones absolutamente distinta del significado las tres dichosas cajas?

Cristóbal estaba convencido de que eran una prueba de fe hacia la empresa. Él sostenía que no buscaban a una persona que estuviese ahí únicamente por el sueldo, sino que querían un compromiso de fidelidad con la compañía. Cualquier persona superficial y materialista se habría quedado con la de oro, impresionada por el brillo del metal, sin entender que la recompensa estaba más allá, y que lo relevante era la esencia de la caja, su “alma”. Después de inspeccionar las tres a fondo y abrir cada una de ellas, decidió quedarse con la de madera. Muy humilde, pero trabajada con mucho mimo, esfuerzo y dedicación hasta lograr una obra de arte. Eso simbolizaba justamente lo que el puesto de trabajo requería, una persona voluntariosa, leal y entregada fervientemente.

¡Una sandez absoluta! Mentalidad de rebaño, en mi opinión. ¡Se dejó llevar por las impresiones que quería ver en la caja! La realidad de las cosas no es lo que tú percibas de ellas. ¡No debes centrarte en lo que imaginas que vale la caja, sólo en aprovechar lo que tienes delante! Para mí eso era lo que esperaban de la persona que contratasen, que supiera ver la realidad como es, y no por lo que creyese o le interesase. ¡Que supiese exprimir y sacarle el máximo partido a las cosas reales sin desviarse por las falacias de la razón! La única opción que demostraba esa voluntad de trabajar era quedarse con todas las cajas. ¡Nada más que una mentalidad de camello esclavo nos hace limitar la elección cuando podemos elegir la totalidad!

Nosotros dos teníamos puntos de vista filosóficos totalmente opuestos sobre la vida, y siempre acabábamos debatiendo (que no discutiendo) por ello. Sólo una persona con infinita paciencia y empatía como Cristóbal podía aguantar mis modos tremendamente directos y agresivos sin perder la compostura. La discusión llegaba a un punto en que ninguno podía tener razón, ya que era imposible demostrar nada. Ahí es cuando siempre terciaba Nicolás con su visión pragmática y poco filosófica sobre la realidad. Para él la prueba no era más que un teatrillo para que la empresa pudiese justificar darle el puesto a una persona que ya había elegido a dedo con antelación. Por ello les escribió en el folio las habilidades que él tenía acreditadas, adquiridas a lo largo de sus años de formación, y muy necesarias para el trabajo a desarrollar. Junto a esto, añadió sutilmente una serie de amenazas, basadas en denunciar a la prensa y los tribunales las irregularidades en el proceso de contratación de la empresa. ¡Les escribió tres folios por las dos caras, usando papel que él llevaba para la entrevista!

A pesar de lo mucho que debatimos esa tarde sobre quién tenía razón y cuál de los tres estaba errado, en el fondo no teníamos forma de saberlo. Si a ninguno nos daban el puesto, nunca tendríamos claro el motivo. E incluso aunque uno lo lograse, casi con toda seguridad tampoco sabríamos la razón. Únicamente el tiempo diría los rechazados y los contratados, si es que había alguno, pero las explicaciones parecían algo que nos estaba vedado. ¿Qué otra cosa podemos hacer en la vida sino esperar a que pasen las cosas y filosofar sobre su razón de ser?

Fran Muñoz Castro

*Imagen de Tara Jacoby

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