Especial Halloween

Una mano de garras afiladas salió por un momento del bolsillo, llamó al timbre y se volvió a esconder rápidamente entre los pliegues de tela. Casi inmediatamente, otra mano se alzó frente a la puerta, esta llena de pústulas mal disimuladas por un maquillaje color carne que lucía demasiado rosáceo. Sostenía con firmeza el asa de una cesta llena de golosinas con diversas formas de miembros humanos.

Cuando por fin se abrió la puerta, un par de voces agudas corearon al unísono:

—¡Miembro o salto!

—¡Pero qué par de niños más estupendos! —saludó la ronca voz de una anciana desde el otro lado de la entrada—. Tomad, coged todos los que queráis.

La anciana les acercó una bolsa de arpillera con suficientes chucherías de miembros como para librarse de todas las posibles travesuras de la noche. Los niños seleccionaron un buen puñado del recipiente mientras contemplaban sin disimulo las verdes manos de la anciana, cuyos largos dedos los ayudaban a escoger las gominolas más suculentas.

—Siento lo de las manos —dijo la anciana al darse cuenta de la atención que los niños habían puesto en ellas—. No he encontrado guantes apropiados para el disfraz. Pero ¿qué pensáis del resto? ¡No es tan estupendo como el vuestro, desde luego!

—Está bien —respondió uno de los niños—. Se te nota un poco el maquillaje en torno a los ojos y tal vez unas lentillas lo hubieran mejorado, de esas de color marrón o azulado, ya sabes, para disimular el rojo. Pero no está mal.

Con su alegría y su cesta un poco más llena, la pareja de infantes regresó a la carretera. Esa noche el tráfico estaba cortado y, en lugar de los habituales vehículos, multitud de niños, adultos y ancianos correteaban de un lado para otro. Los niños eran la mayoría, pero algunos habían optado por disfrazarse de adultos, donde la variedad de opciones era bastante más amplia al poder escoger una profesión. De este modo, en su camino a la siguiente casa los dos amigos se cruzaron con un par de enfermeros, una científica de bata blanca y una pareja de policías demasiado estirados para resultar creíbles.

—¿De verdad te ha gustado el disfraz de la última casa? —preguntó uno de los niños a la par que engullía un caramelo con forma de pie.

—No estaba demasiado logrado, ¿verdad? —respondió su amigo—. Pero ha sido muy amable, y ¿has visto cuántas cabezas de goma hemos podido coger?

—No entiendo por qué te gustan tanto. Yo prefiero los pies.

—¡Puaj, no! Todos para ti. De todas formas, su disfraz era mejor que el de mi madre, que al final también se ha decido a ir de anciana.

—Por lo menos tus padres se han disfrazado. Los míos piensan que esta fiesta es una tontería y ni siquiera tienen suficientes miembros para repartir. Espero que los compañeros de clase eviten mi casa cuando vean que, en lugar de ser recibidos por humanos, les abren la puerta un par de orcos malhumorados y con pocas chucherías que ofrecer. Aunque me temo que mis padres se van a llevar algún susto esta noche por no haber querido participar en la fiesta; es lo que les pasa todos los años.

Pablo Fernández de Salas

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