Hej… då

Lo que más le sorprendió fue que le dirigiera la palabra. Ya resultó extraño que hubiese escogido ocupar el asiento de al lado, cuando todo el vagón estaba libre, pero Santiago tenía la mente demasiado lejos de allí como para dar importancia a ese detalle. Sin embargo, que la desconocida hubiera abierto la boca para pronunciar las claras sílabas de un saludo rompió tan fuertemente la idea preconcebida que él tenía de los suecos que, por un momento, no pudo reaccionar. No es que no supiera cómo reaccionar; simplemente, la imprevista iniciativa lo había dejado tan descolocado que no pudo reaccionar en absoluto.

Después de un largo silencio que cualquier español medio hubiese interpretado como un claro signo de desinterés, Santiago respondió al saludo. Sin embargo, su inesperada interlocutora, una mujer rubia y delgada de unos cincuenta años, no pareció molestarse por el tiempo que el hombre había necesitado para formular su respuesta. En lugar de eso, miró más allá de él hacia el exterior de la ventanilla y comentó, como si fuesen dos viejos amigos que compartieran el viaje:

—Acabamos de empezar el puente.

Santiago siguió la mirada de la sueca y las revueltas aguas del estrecho de Öresund le confirmaron sus palabras, aunque él prefirió regresar a su huraño silencio.

—¿Es la primera vez que pasas por aquí? —preguntó ella, decidida a no permitir que el hombre se zambullera de nuevo en sus recuerdos.

—No, han sido muchas, tantas que ya he perdido la cuenta. —La mujer le había dirigido la palabra en inglés tras el saludo inicial, pero Santiago decidió responderle en un sueco imperfecto. Por algún motivo inexplicable, si lo forzaban a hablar prefería hacerlo en ese idioma.

—¡Vaya! Habría jurado que no hablabas sueco —admitió ella—. ¿De dónde eres originalmente, si no te molesta que te lo pregunte?

—No me molesta —mintió él—. Soy español, pero he pasado los últimos años de mi vida residiendo en Lund.

—¡Lund! Qué extraño. Espera, ¿trabajas quizás para la universidad?

—Ajá.

—Ah, ah. Ya, ahora lo entiendo. Un sobrino mío se doctoró en la Universidad de Lund, pero ahora está en una ciudad de Japón, aunque no recuerdo el nombre. Era una ciudad pequeña. ¿Puedes creerlo? ¡Japón! Aunque claro, tú tampoco te has ido a un sitio cercano a tu país.

Santiago intentó recuperar el silencio, pero la mujer continuó llenando el aire con palabras mientras el tren se movía con rapidez sobre las aguas del estrecho. Al cabo de unos minutos de monólogo, la sueca preguntó:

—¿Llevas mucho tiempo en Suecia? Supongo, por tu maleta, que te diriges al aeropuerto. ¿Una visita familiar, tal vez?

El hombre negó con la cabeza, reacio a ofrecer tanta información personal a una desconocida. La pregunta, sin embargo, había azuzado sus emociones, por lo que, coincidiendo con el momento justo en el que las vías del tren regresaban a tierra firme, contestó:

—Vuelvo a España. Tras cuatro años en los que he estado cruzando este puente con relativa frecuencia, es posible que hoy sea la última vez que lo haga.

Y fue entonces cuando, lleno de una súbita nostalgia que poco tenía que ver con su país de nacimiento, Santiago comprendió el origen de ese peso invisible que lo había estado oprimiendo desde esa mañana.

Pablo Fernández de Salas

[Imagen de Ozant Liuky en Pixabay]

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