
La primera vez que lo pensó, Blanca tenía ocho años y cruzaba, cogida de la mano de su hermana mayor, el puente que las llevaba a la escuela. Volvió a pensarlo con doce, cuando caminaban hacia el instituto, y con quince, cuando atravesaban el puente para ir desde su casa a la plaza Mayor, donde habían quedado con sus amigas.
Lo había pensado tantas veces que ya no se le hacía extraño. Lo pensó mientras crecían y paseaban por aquel puente, que era la única vía que conectaba su casa con el pueblo. Lo pensó mientras la acompañaba de su brazo al altar. Lo pensó mientras tocaba su tripa de embarazada y su sobrino daba patadas bajo su mano. Lo pensó mientras, con lágrimas en los ojos, despedían a sus ancianos padres, que tanto las habían cuidado y tanto se habían desvivido por ellas.
Y lo estaba pensando ahora. En esos momentos en que cruzaba ese puente con su hermana por última vez, al lado de su féretro, camino a su funeral.
“Qué voy a hacer sin ti”, pensó.
Pero no lo dijo, como nunca antes se lo había dicho. Blanca se limitó a dejarse llevar por las emociones, apoyó una mano en el ataúd a la altura del pecho de su hermana y, con un sonoro suspiro, siguió el camino en paz.
Esther León