Las musas de Cristina

Hoy observo mi reflejo en tu rostro, Melpómene: en tu piel de mármol, en tu mirada de mármol, en tu severidad de mármol, en tus pensamientos de mármol… Y junto a mi rostro veo la escasa comprensión de muchos, también de mármol, pero éste sin talla y de difícil cincelado. Con tus ojos vacíos, también de mármol, tú, mi musa, observas el infinito. O tal vez, igual que yo misma, estás perdida en el pasado.

Mi infancia no fue sencilla. Convertirse en reina a los seis años puede ser el sueño de muchas desgraciadas que buscan una salida a sus diarias amarguras, pero pocas entienden las cadenas que trae consigo el cargo, casi tan pesadas como las de nuestra sociedad. Sin embargo, hoy ocupa mi mente otro episodio que marcó mi vida, ya irreversible y que fue casi tan inevitable como el primero. Tras los acontecimientos del invierno de 1654, el Consejo exigió explicaciones. Si supieran mis razones, no les parecerían tan extrañas, pero dudo que las entendieran. A veces echo de menos esos inviernos a los que estaba acostumbrada, pero luego recuerdo la oscuridad y el frío; sin duda, estoy mejor aquí. Mi querida Ebba, ¡qué pena que en este mundo no puedas acompañarme!

Me he librado de todas las ataduras que he podido, pero aun así los invitados me agasajan en las fiestas para granjearse un favor que ellos mismos suministran, solo porque nadie quiere parecer descolocado ante el avance de las aguas de lo que ellos llaman progreso. Pero son pocos los que prestan atención a sus verdaderos promotores: filósofos y artistas. Cogito, ergo sum. Mi igualmente querido René, tú fuiste de los pocos con los que pude disfrutar de un buen discurso. Algunos me admiran, otros me odian y muchos me envidian. Ven mis ropajes como un símbolo de mi poder, cuando en realidad son una muestra de esa rebeldía que jamás entenderán. ¿Rebeldía o indiferencia? Tal vez sea solo incomprensión.

Al igual que tú, mi querida Melpómene, he cambiado. Y, sin embargo, seguimos siendo las mismas. Antes te hacías llamar Talía, como muestra la máscara que aferras en tu mano. ¿O es la máscara la que te tiene a ti presa? Yo me pregunto lo mismo sobre mi corto reinado, sobre esta sociedad, ya que es difícil saber quién influyó más sobre el otro.

Si ellos supieran… Pero no están preparados.

Me refugio en el arte al igual que tú te rodeas de otras musas, pues los artistas me comprenden. Busco a los filósofos, pues la filosofía me ayuda a comprenderme. Pero, tanto como procuro rodearme de comprensión, así mismo la comprensión me evade.

Melpómene, en tus ideas de mármol sé que brillan mis preocupaciones. Me observas con pétrea arrogancia, pero tú también sufres y confías a partes iguales en la falta de inferencia del ojo extraño.

Melpómene, me pregunto, tú que muestras tu trágico rostro mientras sujetas esa máscara con tu mano, si alguien descubrirá tu secreto.

Melpómene, hoy observo en ti mi reflejo.

Pablo Fernández de Salas

Imagen de la musa Talía de la colección «Las musas de Cristina de Suecia» del Museo del Prado, Madrid, España.

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