Entrega sobre ruedas

El sol cae con fuerza sobre el cauce del río. Tres personas descansan en la hierba, nadie les ha dicho que una excursión a mediodía no es buena idea en pleno verano mediterráneo. “Al menos los pequeños llevan gorras”, piensa Astrid. Pero no parece suficiente para ellos.

—Abuela, ¿puedo ir al kiosko a por un polo?

—Está bien, coge el suelto del monedero, en la cesta.

Astrid observa la pequeña cabeza rubia; los pocos mechones que escapan debajo de la gorra están completamente empapados en sudor. Las bicicletas están tiradas en el suelo, tal cual han caído cuando por fin han conseguido encontrar una sombra en ese dichoso río convertido en parque.

—Abuela, ¿sabes que un euro son unas diez coronas?

—¿A qué viene eso ahora?

—Pensé que igual no lo sabías, aquí hay mucho dinero.

Astrid ve alejarse corriendo a los mechones rubios. A pesar de su malhumor, no consigue reprimir una sonrisa; le enternece recordar su propia infancia, cuando el peso de las monedas en el bolsillo, suficientes para comprar un paquete de caramelos de regaliz, la hacían sentirse la niña más acaudalada del barrio.

—¡Tráele otro a tu hermana! ¡Y quédate con las vueltas!

No está segura de si le ha oído.

—Jolín, Erik, sabes que no me gusta el limón. ¡Odio el limón! ¿Por qué siempre me haces la puñeta?

—Pues si no te gusta, a la próxima vas tú. Vas y te compras cien helados. ¡O doscientos! Total, hay dinero de sobra.

Astrid no tiene energía para discutir con los niños. El sol sigue cayendo a plomo, aunque la copa del árbol intente reprimirlo.

—Abuela, es verdad, aquí hay mucho dinero.

—Lotta, no empieces tú también. Y no seas caprichosa, ya tienes un helado.

—Pero es verdad, ¡eres millonaria!

Astrid empieza a estar mosqueada con la dichosa cantinela del dinero. Con cierta resignación, rebusca en la cesta. Erik debe de haber buscado dentro de la mochila, en la cartera, pues hay algunos billetes sueltos. “Diablo de niño”. O no. A Astrid se le acelera la respiración cuando debajo de un pliegue del paño que recubre la cesta aparece un fajo de billetes de doscientos euros. Deseando no encontrar nada más, pero sin poder contener la curiosidad, continúa palpando el resto de la canasta. “Quién me mandará?” Astrid siente cómo le laten las sienes.

Bum, bum, bum.

* * *

“¿Cómo puedo ser tan idiota?”. Es lo único en lo que el Ciri puede pensar. “Idiota, idiota, idiota”. La palabra resuena en su cabeza y le martillea los sesos.

Bum, bum, bum.

Lleva dos horas en la solana, el sudor le resbala desde el flequillo y le cae en los ojos, pero no se atreve a apartárselo. No se atreve a moverse en busca de la sombra. No se atreve a perder de vista ni medio segundo la persiana, ahora bajada, del local de alquiler de bicicletas. Ni siquiera se atreve a preguntarse si sabrá reconocer la que él mismo ha devuelto esa mañana. El peso en su bolsillo derecho le tranquiliza.

* * *

—Niños, nos volvemos. Hace demasiado calor, ya saldremos otro día.

Astrid habla despacio, con un rictus en la cara. Recoge los envoltorios de los helados con gestos robóticos y una sonrisa congelada entre los labios. Tras lo que le parecen horas, abuela y nietos emprenden la marcha de regreso. Astrid mira adelante, pero no ve el carril bici. Solo ve un bulto en la cesta delantera de su bicicleta, que salta con cada bache del pavimento.

Bum, bum.

* * *

El Ciri enciende un cigarro. Una mujer, distinta a la que ha cerrado antes de la hora de comer, sube la persiana del local. El cigarro se tambalea entre los labios temblorosos, el Ciri lo apaga después de dos caladas. Cruza la calle, quizás le puede preguntar a la mujer quién se ha llevado una bici esa mañana. “La de esta mañana te ha dicho que no quedaban bicis ya, todo el mundo se ha llevado una bici esta mañana. Idiota”. Vuelve atrás. El peso en su bolsillo derecho le está volviendo loco. Retumba contra su pierna.

Bum, bum.

* * *

Astrid reconoce la calle por la que avanzan ahora, quedan pocos metros para su destino. Todavía no ha decidido qué hacer. No se atreve a pensarlo. “Hola, te devuelvo la bicicleta, hemos pasado un día estupendo. Por cierto, hay unos veinte mil euros y como medio kilo de cocaína en la cesta delantera”. Quizás sea mejor idea no decir nada, devolver la bici y hacerse la sueca.

El Ciri levanta los ojos como un resorte al oír el ruido de frenos. Ve tres bicis acercarse por la acera de enfrente. Dos son demasiado pequeñas, pero quizás la de la vieja… Parece que tiene la cesta cubierta de tela. ¿Era roja también la suya? “¿Por qué no has cogido tu moto, idiota? ¿Por qué una bici de alquiler? Así no sospechará nadie, has pensando. ¿Quién te manda pensar? Tú no piensas, a ti no te pagan por pensar”. La vieja y los niños salen tan solo un par de minutos después de haber entrado. No les ha podido dar tiempo a contar nada, “¿verdad?”. El Ciri tiene que hacer algo antes de que se vayan demasiado lejos. “Pero, si no han visto nada… Igual no han visto nada. Solo tengo que entrar y preguntar por esa bici, me la vuelvo a llevar. ¿Y si la vieja se ha llevado el dinero?” Tiene que decidir rápido. El peso en su bolsillo lo envalentona. Echa a correr.

—¡Eh! ¡Tú! ¿Qué llevas en el bolso?

A Astrid se le detiene la respiración. El Ciri reconoce el terror en su rostro. “Eso solo significa una cosa”.

El peso pasa de su bolsillo derecho a su mano derecha.

Bum.

Laura Barranco Navarro 

Image by Jill Wellington from Pixabay

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