La máquina de los delirios

La puerta se abre sin emitir ningún sonido. Qué decepcionante, esperaba algún ruidito misterioso por lo menos. En fin, suspiro y me adentro en un mar de luminoso blanco…

El mundo se consume en mi interior. Su resplandor candente me sale por las orejas. Me pica el pelo y de repente me entran ganas de comer. Aguacate. Aguacate y patatas fritas. Seguro que la combinación es perfecta.

Hay luces extrañas a mi alrededor. Pero ¿dónde estaban los focos? Focos… ¡Focas! Hay focas flotando por todas partes. Quién sabe por qué.

Y entonces me entra hipo. Lo que me faltaba.

Pasan los segundos y siento que me mareo. Huele a algodón de azúcar.

Finalmente, la puerta se abre y todo termina de repente.

Cuando salgo, el encargado de la máquina me saluda con una mascarilla puesta. Creo que a mi cerebro le está costando desembarazarse de los efectos de la habitación.

No. Espera. Miro el móvil: año 2020.

Ahora todo tiene sentido.

Pablo Fernández de Salas

[Imagen de Andrew Martin en Pixabay]

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