Tan solo un número

Marta llevaba muchas horas de viaje antes de llegar al hotel y estaba exhausta. Casi había perdido el avión que la llevaba de Singapur a Nueva York, casi no le habían dejado facturar sus maletas puesto que superaban el límite de peso por apenas unos gramos, casi había vomitado por el olor nauseabundo que desprendía su compañero de asiento en la aeronave, casi le habían quitado el último taxi de no ser porque cubrió de insultos a la persona que pretendía tal cosa y casi había tenido que pagar una noche extra en el hotel por haber llegado con demasiado retraso al check-in. Habían sido demasiados “casi” en las últimas veinticuatro horas de Marta y la chica estaba a un minúsculo paso de echarse a llorar de agotamiento mental y físico.

Cuando la llave magnética de la habitación hizo que la luz verde de correcta admisión parpadeara, Marta no lo podía creer. Todavía cargada como una mula, inspeccionó la suite. La cama era enorme, la televisión colgaba de la pared, los colores eran harmoniosos, el escritorio era adecuado y el baño, que dejó para lo último, la satisfizo a niveles estratosféricos. La bañera era ovalada, grande para que cupiera un adulto tumbado sin problemas de espacio. El lavabo tenía un espejo con bombillas alrededor para poder asearse con precisión. Y el inodoro tenía una tapa que impedía su cierre repentino evitando el estruendo y unos chorritos de agua que, por el momento, Marta no tenía intención de comprobar para qué servían.

De vuelta a la estancia donde estaba la cama, finalmente soltó sus maletas en el suelo. Pensó que no ocurriría nada si simplemente se echaba a dormir y cuando hubiese descansado, si acaso se ponía a ordenar sus cosas. Pero ella no era así. Marta era una muchacha metódica, y en su fuero interno sabía, como sabía que el Sol sale cada día, que si no deshacía sus maletas y ponía su equipaje donde debía estar, no iba a poder pegar ojo dándole vueltas al asunto. Era incapaz de dejar nada a medias, y en parte, a eso se debía su éxito personal y profesional.

Apoyó la primera maleta sobre la cama y la abrió. El chirrido de las bisagras le puso los pelos de punta y, en ese momento, decidió que había llegado el día de tirarla y no usarla más. Corrió la puerta del armario que estaba tras ella y amontonó camisetas, pantalones y ropa interior en sus estantes. Y fue cuando colgaba su chaquetón en perchero, que reparó en un maletín al fondo del ropero. Se agachó para comprobar qué contenía y le sorprendió el hecho de que pudo abrirlo sin dificultad. No había candado, no había tenido que usar una llave, ni una combinación, simplemente con apretar el mecanismo, este cedió.

Al principio pensó que se trataba de una broma y sonrió para sí misma. Introdujo la mano en el interior del maletín y sacó todos los fajos de billetes que pudo abarcar con ella. Miró el importe y todavía creyó menos lo que estaba viendo. Todos aquellos billetes eran de cien dólares estadounidenses. Podía contarlos por miles, sin duda era una suma de dinero que ella no podía llegar a concebir en efectivo. Como si quemara, tomó conciencia de la realidad y soltó el dinero de vuelta en el maletín, y estaba a punto de cerrarlo y hacer como si no hubiese existido nunca cuando otro objeto le llamó la atención. Se llevó las manos a la boca, ahogando un grito, y aunque parpadeó varias veces por si estaba alucinando, no era así. De entre los fardos de billetes, sobresalía la empuñadura dorada de una pistola de pequeño calibre.

Con las manos temblorosas, cerró el maletín que había encontrado, abrió la caja fuerte que  contenía  el  armario  y  lo  lanzó  dentro  sin  querer  mirar,  confiando  que  todo  aquello

desapareciera de su mente con el sueño reparador que desde hacía un buen rato le esperaba en aquella cómoda e inmensa cama que, ahora, le parecía más necesaria que nunca. Se dejó caer sobre el mullido colchón, sin siquiera quitarse los zapatos y se abandonó a los brazos de Morfeo.

No supo cuántas horas –si es que habían sido horas- habían pasado antes de despertarse sobresaltada, con el corazón golpeando su pecho aceleradamente y sensación de ahogo. Cuando abrió por completo los ojos e intentó enfocar la imagen, se percató de que no estaba sola y quiso gritar, pero una sombra que acabó de materializarse frente a ella en la oscuridad, le puso la mano sobre la boca y extinguió el grito. Con el toque, todo se convirtió en real: aquel hombre, el maletín, ella en la cama, inmóvil, con las manos atadas por una brida que le dañaba las muñecas haciéndola sangrar levemente.

El hombre la mandó callar con un gesto y ella asintió despacio, con la cabeza, dándole a entender que  había comprendido  el mensaje.  Aunque  hubiese querido,  no habría  podido pronunciar ni una sola palabra, tal era el shock.

–     ¿Dónde está el maletín? –preguntó con acento de Oriente Próximo.

–     En… en… en la caja fuerte –contestó Marta, tartamudeando, con una voz tan baja que el extraño tuvo que aguzar el oído.

Miró donde la chica le había dicho, y le congratuló ver que no lo había engañado. Lo asió y sacó la pistola de su interior. Apuntó a la cabeza de Marta mientras se dirigía a la puerta de la habitación.

–     No le cuentes esto a nadie –la avisó el hombre-. Si descubro que has acudido a la policía, o le has dicho a alguien lo que ha pasado esta noche, te mataré.

Marta levantó las manos en señal de rendición. Realmente estaba agotada y al borde de un ataque de llanto que no sabía si podría parar algún día o pasaría el resto de su vida llorando. Antes de que el desconocido saliera definitivamente, Marta llamó su atención.

–     Por favor…

Puso sus manos delante de ella, pidiendo con un gesto que la liberara de las improvisadas esposas. Notó la duda en el paso vacilante del agresor, y volvió a insistir en su ruego.

–     Por favor… si necesito ayuda para que me liberen, los empleados del hotel se enterarán de que me ha ocurrido algo aquí y tendré que hablar –los sollozos le entrecortaban la voz-. Por favor…

El hombre se acercó a Marta cautamente y echando mano de una pequeña navaja que llevaba en el bolsillo, cortó el plástico que envolvía sus muñecas.

Y, en el instante en que retrocedió para salir finalmente de la habitación y dejar a la chica en la cama donde la había encontrado al entrar para recuperar el maletín, Marta gritó pidiendo socorro. Su mano soltó el pomo de la puerta como si este ardiera y cerró los ojos, sabiendo qué venía justo después de ese chillido que lo había arruinado todo. El hombre se preguntó cómo era posible que los humanos tuvieran un instinto de supervivencia tan lamentable. La muchacha solo debería haber seguido una instrucción: estar callada. Sin embargo, esa llamada de auxilio acababa de cambiarlo todo de un plumazo.

Marta también fue consciente del momento en el que había decidido su destino, con ese aullido no premeditado que le había salido del alma en un instante en el que habría jurado que no sabía más que balbucear. El extraño se volvió hacia ella, que cerró la boca instintivamente, presa del pánico, tan completamente al tanto de que no saldría con vida de aquel cuarto que ni siquiera intentó defenderse.

El tiro se oyó en cada rincón de esa planta del hotel. Siguieron gritos y lamentos, e intentos de entrar en la habitación a ver qué había ocurrido. Alguien corrió a llamar a los empleados de recepción mientras otros telefoneaban a la policía con urgencia. Cuando los agentes llegaron, no había nadie más que Marta en aquel lugar. Estaba tumbada en la cama, boca arriba, con los brazos en cruz, sin más señal de violencia que la bala que le perforaba la frente. No había huellas, nadie había oído gritos gracias a la insonorización de las paredes, (algo que su asesino desconocía), nadie vio a ninguna persona salir de allí y, obviamente, no lo había podido hacer sola.

Nunca se descubrió quién había matado a Marta. Nunca se supo nada de aquel maletín, al menos según las versiones oficiales. Sin embargo, todo aquel que estuvo implicado (otros huéspedes del hotel, los trabajadores de la empresa, los policías que siguieron la investigación, compañeros de carrera…) coincidió en lo mismo: tras una vida de éxito, de lucha continua y tras haber dejado a su familia en Singapur –marido y dos niñas muy pequeñas- Marta acabó siendo solamente un número y un expediente; solo una víctima más de la violencia en Estados Unidos, una chica con un tiro entre ceja y ceja sin motivo aparente que ya nunca podría aclarar qué había ocurrido en aquella habitación de Nueva York.

Esther León

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