Sueños perdidos

Small cuts – Saga Wendotte – https://sagawendotte.com/

Josef se agita en sueños. Agnes sabe que hace días que no duerme bien. Incluso durante el día su semblante se ha vuelto taciturno y su habitual parquedad de palabras se ha transformado en un mutismo que solo rompe por las noches, cuando con la respiración entrecortada susurra palabras ininteligibles. Sus ojos se han oscurecido, como si una sombra se hubiera instalado en ellos. La misma tiniebla en la que Josef parece sumido la mayor parte del día, sentado en el viejo sillón gris del salón, con la mirada perdida y un tic nervioso en la mano derecha, como si se aferrará a algo con fuerza.

Agnes sabe que las pesadillas empezaron con la llegada a la casa de la pequeña Anja. Un rayo de luz, como el sol que refleja su cabello. La alegría de la casa, el mejor regalo que su hijo les había podido dejar. La fuerza y la vida del mar encerrados en un cuerpo tan pequeño que le rebosa por los ojos. Pero al tiempo que había inundado de dicha a Agnes, había hundido a Josef en la más oscura de las noches.

Los recuerdos lo inundan. Recuerdos que había conseguido acallar durante años vuelven ahora con fuerza renovada y lo persiguen día y noche. Una noche de invierno, cincuenta años atrás. Tal vez cincuenta y dos, no lo recuerda bien. ¿A quién le importa? Medio siglo atrás, otra niña se quedó sin padre. No recuerda cuándo fue. Recuerda el frío. Era una noche helada; el invierno más frío que se recordaba. ¿Fue en el cincuenta? Seguramente saldría en algún periódico de la época, en las bibliotecas suelen guardar esas cosas. ¿Pero qué más da? La había visto alguna que otra vez paseando por el parque con su padre, su buen amigo Mats. Habían sido amigos. Menuda, con los ojos negros, al igual que su cabello recogido en sendas trenzas. Ahora la ve exactamente igual. Con el mismo vestido verde floreado que llevaba el día que se encontraron junto a la caseta de los helados, en una mañana brillante de verano. Sí, había sido una noche excepcionalmente fría. Los adoquines de Gamla Stan estaban recubiertos por una capa espesa de hielo. El cielo estaba despejado y brillaban un par de estrellas. La taberna de Stortorget hacía un buen rato que había cerrado y solo quedaban dos hombres en la plaza. El vino especiado calentaba el interior de Josef. Ni siquiera recuerda por qué habían discutido. El bueno de Mats. Sentía un peso en su bolsillo derecho. Un frio metálico en contraste con la calidez de sus manos. El vino embotaba sus sentidos. O eso quiere pensar. Le castañeteaban los dientes. A pesar de ser de noche, recuerda vívidamente los colores de las casas: verde, rojo, amarillo. Verde con flores. Rojo, vino. Rojo. Hacía muchos años que había perdido el cuchillo. Ahora sabe dónde está: lo tiene la pequeña de ojos oscuros. Se lo enseña todas las noches. A veces con mirada acusadora; otras, amenazante. Sea como fuere, sabe que dentro de poco tendrá que rendirle cuentas.

Laura Barranco Navarro

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