
Cuando al principio se le ocurrió la idea, no la concibió como algo que fuera a tener tanto eco. Para él no era más que una mofa, una manera de expresar su desacuerdo con la creencia general de que la gente se deja llevar por sus ídolos sin importar cuán extravagantes sean. Por supuesto, también era otra forma de aumentar su público.
«Seguramente se rían de mí, pero en cuanto vean la segunda sorpresa que les tengo preparada, lista para ser subida en cuanto el número de visualizaciones comience a dispararse, mis suscriptores crecerán más que nunca». O eso pensaba mientras ultimaba los pasos para subir el primer vídeo.
Es cierto que algunas declaraciones del estilo habían acabado mal, con revueltas y manifestaciones multitudinarias en defensa de lo absurdo. Pero pensar en los casos anteriores, como aquella vez en la que casi apagaron para siempre el LHC, ese gran colisionador de hadrones del CERN tan famoso por el descubrimiento de no sé qué partícula divina; o aquella otra en la que poco faltó para que cerraran un laboratorio subterráneo de Italia por unas supuestas fugas radiactivas… En fin, pensar en la advertencia de esos hechos ya pasados era más fácil tras haber cometido el error.
Después de todo, ¿quién iba a pensar que la gente reaccionaría de esa manera?
Tal vez el fallo había sido mencionar la palabra radiactividad. La gente le tiene miedo a las centrales nucleares por las desastrosas consecuencias que puede acarrear cualquier problema en su funcionamiento, y todos saben que nuclear y radiactividad van de la mano, ¿no?. Además, ¿desde cuándo puede ser inocua una palabra que tiene asociado el símbolo de advertencia con fondo amarillo tan utilizado en películas de ficción, especialmente en aquellas donde aparecen malformaciones en los seres humanos?
Cualquiera que fuese el motivo, lo cierto era que el segundo vídeo, donde explicaba que todo había sido una broma, una pequeña jugarreta para mostrar su punto de vista ante la categórica afirmación de que la gente se mueve como las ovejas en un rebaño, no llevaba ni una décima parte de las visitas del primero. Para mayor escarnio, la mayoría de las visualizaciones procedía de seguidores que dejaban comentarios del tipo (nótese la corrección ortográfica, no presente en los originales): «No te rindas, sabemos que subiste esta mierda de explicación porque los científicos te han coaccionado para hacerlo». O también: «Deberían despedir a todos los mentirosos que intentan que muramos por la radiación del violeta mientras ellos buscan forrarse con las ganancias cuando encuentren una cura y la vendan a precios imposibles. ¡Estamos contigo!».
Pero cuando de verdad supo que todo estaba perdido, absolutamente perdido, fue una semana después de haber subido el primer vídeo, que para entonces ya alcanzaba los diez millones de visitas —«¡Diez millones! ¡Ni en sueños hubiera imaginado esto!»—. En el preciso momento en el que veía con horror que los dígitos necesarios para contabilizar las visitas aumentaban hasta siete, los telediarios mostraron en las pantallas de las casas a una algarabía de personas furiosas que se manifestaba, movida por algún grupo de activistas sin sentido común, pidiendo a gritos la erradicación del color violeta del arcoíris.
Pablo Fernández de Salas