
Lucas entró hecho una fiera en mi despacho. Si no fuera porque soy su madre y sé que se deshincha como un globo en cuanto abre la boca, me habría asustado su actitud.
– ¡Me dijiste que no lo harías nunca!
Me quedé mirándolo sin saber a qué se refería. Mi cara debió dejar clara mi incertidumbre, porque continuó su discurso.
– No sé cómo podré volver a confiar en ti después de lo que has hecho, mamá –tomó aire y siguió hablando-. Me lo prometiste…
– Sigo sin saber de lo que hablas, Lucas.
Me miró como si fuese una marciana a quien le habían crecido dos cabezas y su piel se hubiese vuelto verde. Se llevó las manos a la cabeza y se tiró del pelo con desesperación. Salió del despacho en el que había irrumpido con tanta pasión, le oí caminar por el pasillo con paso airado, rebuscar algo en mi bolso y volver a donde estaba.
– ¡De esto!
Me tendió el móvil como si aquel objeto proviniera del mismísimo diablo y solo el hecho de mirarlo le causara aprensión.
La pantalla mostraba una foto. Una foto que yo había tomado dieciséis años atrás, cuando Lucas era apenas un bebé. Estaba gordito, tenía los mofletes llenos y un color de cara sonrosado. Recordaba perfectamente aquel momento, su padre mirándolo fijamente, cayéndole la baba por aquella bolita que teníamos como hijo, y yo… Yo, enamorada de los dos, haciendo la foto. Creía que nunca podría querer a nadie como quería a ese hombre y, de repente, Lucas llegó y supe lo que era el verdadero amor, el más puro.
Era una foto preciosa, estábamos en el aseo y bañábamos a Lucas. De acuerdo que estaba desnudo, y de acuerdo que quizás no es su foto más favorecedora… pero no había podido evitarlo. Volví a mirar a mi hijo, ahí plantado en el umbral de la puerta con su mejor cara de haber chupado un limón, y me mordí el labio inferior intentando ocultar la sonrisa.
– Cariño, no entiendo qué le pasa a esta foto –dije con mi mejor aire de inocencia.
– ¡Lo sabes perfectamente! ¡Se la has mandado a Carla! ¡A mi novia!
Tragué grueso con la intención de seguir escondiendo lo divertida que me parecía toda aquella situación y todo aquel drama que, obviamente, no era tal.
– Pero, cielo… ¡es que tenía que saber lo mono que eras de pequeño!
No pude contenerme más y se me escapó una carcajada. Lucas me miró con todo el odio que puede albergar en su ser un hijo avergonzado por su madre. Seguí riéndome mientras lo escuchaba correr por el pasillo hasta su habitación y dar un portazo ofendido que, en realidad, podría haber sonado con más fuerza si así lo hubiese querido.
Me levanté de la silla de escritorio en la que estaba sentada, fui a la cocina y cogí el arsenal de chucherías que normalmente mantenía fuera del alcance de mi hijo. Llamé a su puerta, pero no esperé respuesta y, antes de que pudiera decirme nada, le enseñé el tarro de
las gominolas. Su cara cambió radicalmente de parecer la de un ogro a la del niño que ya hacía algunos años, para mi desgracia, había dejado atrás. Me senté en la orilla de su cama, le tendí los dulces y le acaricié la frente.
– Mamá promete que no lo hará más.
Y sé que ambos pensamos a la vez: “Ya lo creo que sí lo hará”. Sin embargo, Lucas siguió dejándose mimar y yo aproveché el momento. Una nunca sabe cuándo será la última vez que un adolescente le permita disfrutar de sus abrazos.
Esther León