A solas con mi café

Levanté la cabeza de mi taza de café humeante y miré por la ventana. Era casi de noche y en la cafetería se respiraba ya un cierto ambiente navideño. Olía a especias y, a pesar del frío que hacía en la calle, allí dentro se estaba bien. Tenía las manos calientes de haber estado abrazando la taza y sonreí para mí misma. Escondí tras una mano la carcajada que luchaba por escaparse entre mis labios. Un escalofrío me subió por la espina dorsal al pensar en el camino recorrido. Había pasado dos años presa de mí misma, de unas ideas que ahora sabía falsas y de unos sentimientos autodestructivos.

Y, de repente, había despertado. Había sacado el coraje que pensaba que ya no tenía, la valentía que pensaba que se me había agotado y decidí que se había acabado. Todo. Di una última oportunidad a mi debilidad, pero no dejé que esta me dominara. Ya lo había hecho durante mucho tiempo en las sombras, a golpe de apariciones espontáneas y pruebas de existencia que poco tenían que ver con el afecto y mucho con la toxicidad.

Sentada en aquella butaca mullida me acordé de todas las cosas buenas, de todos los momentos buenos que habíamos vivido, de cuánto amé. Y me di cuenta de todo lo que había dejado de lado, pero estaba dispuesta a recuperar.

La risa acabó escapando de mi garganta, y los pocos clientes que quedaban bebiendo sus  cafés,  refugiados del frío y el viento  huracanado  del exterior, se giraron  a mirarme extrañados. Puede que pensaran que estaba loca, pero solo yo sabía que, en realidad, por fin era libre.

Esther León

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