
Un ardor recorre mi brazo desde la punta de los dedos hasta el codo. “Relaja las manos, apóyate en las piernas”, me digo a mí mismo, aunque es más fácil decirlo que hacerlo. Cojo aire y flexiono las piernas para impulsarme; un último esfuerzo y alcanzo la presa roja. Solo queda una. Hace rato que he dejado de sentir los dedos de los pies, aprisionados dentro de los pies de gato, casi a la vez que he empezado a sentir demasiado el arnés que se clava en mi ingle. Busco la presa, «mira a la pared, solo a la pared», el último obstáculo que sortear. La localizo un poco más arriba, a la derecha, y levanto la pierna izquierda hasta apoyar el pie sobre otra a la altura de mi rodilla. Vuelvo a coger aire. “Una, dos, y tres”. Ya es mía. Oigo un aullido de triunfo a lo lejos, desesperadamente lejos. Aplausos. “No mires al suelo, respira”. Pero se me ha cortado la respiración. Veo mi pierna derecha, la presa sobre la que se apoya. Diez metros más abajo…
«No tenías que mirar».
Me late la cabeza dentro del casco, las olas del mar incrustadas en los oídos. Me obligo a respirar hondo, mientras a lo lejos escucho gritos triunfales. No parecen reales, están demasiado lejos.
—¡Vamos!¡ ¡Que te bajo!
Sin pensar, apoyo las dos plantas de los pies en la pared y cierro los ojos. Bajo dando golpes contra la pared. Sé que he llegado al suelo porque alguien me abraza.
—Sabía que lo ibas a conseguir. Tarde o temprano, lo ibas a hacer.
Ni siquiera sé quién me habla, no puedo pensar, la mente en blanco. ¿Y ahora qué? Meses de preparación, de entrenamiento, de meditación, de terapia. ¿Podré ahora asomarme a un balcón?¿Subir a una torre a contemplar las vistas de una ciudad? Veo sus ojos, su sonrisa. Mis comisuras empiezan a levantarse. Mi aliento se escapa en una sonora carcajada.
Laura Barranco Navarro
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