
Todos aprendemos algo de nuestros abuelos, incluso cuando solo llegamos a conocerlos durante cuatro días. La primera vez que vi a mi abuelo materno estaba tan emocionado ante la perspectiva de conocerlo que el recuerdo se ha grabado para siempre en mi memoria.
Fue justo al comienzo de la guerra. Recuerdo que él entró en la casa con un rostro lleno de tristes arrugas, lo que no le impidió mostrar su mejor sonrisa en cuanto notó que yo lo miraba con expectación. Se me acercó y no tardó en exclamar: «tienes los ojos de tu madre». A mis ocho años ya había escuchado esa frase demasiadas veces, pero recuerdo la mirada que se escondía en ese marco de pliegues, tan parecida a la de mamá que me hizo pensar si yo también me parecería al abuelo cuando fuera mayor. Además recuerdo las primeras palabras que yo le dije. Con la inocencia de mi niñez, me pudo más la curiosidad que la cortesía, por lo que no pensé en contenerme y le pregunté por qué estaba tan triste, a lo que él respondió de manera enigmática «porque el hambre es la mejor salsa del mundo».
Dicen que las emociones graban los recuerdos con firmeza, confiriéndoles un carácter inamovible ya sean buenos o malos. Yo puedo confirmar la veracidad de esas palabras.
A los cuatro días de haberlo conocido, mi abuelo murió a causa de una bomba, justo cuando los demás escapábamos del país por los pelos. Estábamos tan desnutridos que mi primera comida en cuatro días, un trozo de pan enmohecido, me hizo salivar como nunca. Y es que mi abuelo tuvo mucha razón en las dos primeras frases que me dirigió.
Pablo Fernández de Salas
Imagen de Andrea Stöckel-Kowall en Pixabay