Pesadilla

Estaba cayendo la noche cuando Judith se despertó sobresaltada. Miró a su alrededor, pero no lograba reconocer nada en aquella habitación desangelada. Intentó levantarse del suelo donde, por lo visto, se había quedado dormida; sin embargo, el cuerpo no le respondió. Probó de nuevo a mover brazos y piernas, sin éxito. Su corazón se aceleró sin remedio y empezó a faltarle la respiración.

Oyó ruidos a través de la puerta, y notó una presencia indefinida que se acercaba sigilosamente. Por el rabillo del ojo, vio cómo algo se arrastraba por el suelo, intentando llegar a ella, y quiso chillar de terror, pero tampoco le salía la voz. “Voy a morir”, pensó Judith.

La puerta se abrió de par en par, y alguien, a quien no alcanzaba a ver por su limitado campo de visión, entró en la habitación y se agachó a su lado, cerca de su cabeza. Acarició su pelo con un gesto que le provocó escalofríos y un temblor nervioso frenético que era incapaz de controlar. Dejó un cuenco con agua a un lado de su cuerpo, y el extraño volvió a ponerse en pie. “Volveré pronto, bonita”, dijo con un tono pretendidamente dulce.

No podía intuir Judith que su peor pesadilla acababa de comenzar.

Esther León

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