La locomotora

El sonido llega después de las vibraciones: un redoble de vapor orquestado por el rítmico movimiento de pistones y bielas antes de que el humo se escape atravesando la tobera. Ayudé a construir la máquina yo mismo, así pues la conozco bastante bien. Cierto es que quizás no entienda a la perfección el funcionamiento de todos los elementos que la componen, pero soy sin duda el experto que controla gran parte de ellos, especialmente la válvula de distribución de vapor.

A veces me pregunto si mis compañeros tienen razón cuando me dicen que antepongo mi trabajo a mi familia. Así explicaría que en estos momentos me vengan a la cabeza pensamientos relacionados con el diseño de la locomotora antes que sobre mis propios hijos. Pobres, ya sufrieron al perder a su madre siendo lo suficientemente mayores para sentir su ausencia, pero todavía demasiado niños como para entender que la vida sigue su curso sin que le importen los sentimientos individuales de cada uno de nosotros. El único consuelo es que crecerán fuertes e independientes.

Pero sé que tengo razón. Y sé que hice lo correcto. ¡Maldita sea! ¿Por qué no habré aprendido nunca a guardarme mis opiniones cuando todo apunta a que debería hacerlo? No es que haya conseguido salirme con la mía, después de todo, y de haber cerrado la boca podría estar subido en ese vagón tan especial reservado únicamente para los pasajeros que están por encima incluso de la primera clase.

La vibración del suelo aumenta por momentos y un cosquilleo recorre mi espalda. Intento desatarme con un par de movimientos bruscos, pero el resultado es el mismo que antes: un incremento del dolor y de mi desesperación ante la inevitable tragedia.

Aunque, pensándolo bien, no sé si me hubiera sentido a gusto rodeado de los más distinguidos personajes. Entre ellos seguro que se encuentra Joaquín. Ese maldito cabrón se las verá conmigo en el infierno, que no le quepa la menor duda.

Había oído rumores sobre la desaparición de Tomás, mi predecesor en el diseño de la locomotora, pero supuse que eran el producto de la envidia de quienes se quedaron a las puertas de conseguir mi puesto. Imagino que en eso también me equivoqué. Seguro que ese indecente de Joaquín estuvo detrás de aquello. Seguro que eran ciertas todas, o al menos la mayoría de las historias que se contaban en voz baja sobre el altercado. Por lo menos he de reconocer que conmigo se ha superado en cuanto a inventiva.

El ruido es claro y la vibración fuerte. No me queda mucho tiempo. ¿Debería acordarme de mi mujer? ¿De mis hijos? ¿Me convierte en mal hombre, mal marido o mal padre no hacerlo? Tal vez falle en las tres cosas, pero no puedo quitarme de la cabeza que obré como mi conciencia me pedía. No sabré cómo funciona cada uno de los engranajes, pero no me cabe duda de que esa válvula no aguantará la presión tan bien como se espera. Tenía que escribir al director; tenía que hacerlo. ¡Maldita la hora en la que decidí contarle los planes a Joaquín! Estoy convencido de que interceptó la carta. Debo creer que el director me hubiera apoyado pese a las cuantiosas pérdidas que hubiera supuesto retrasar este día. Aunque ya no me sorprendería nada. Por mucha lástima que me den las futuras víctimas del primer viaje del tren, o tal vez del segundo, quién sabe, lamento no poder estar presente cuando la tragedia se consuma. Entonces se sabrá que tuve razón.

El redoble es alto y claro ahora. Me sorprende lo acelerado que está mi corazón en este momento. No esperaba sentir miedo, pero a estas alturas no debería sorprenderme equivocarme una tercera vez.

Giro la cabeza hacia el peligro. La vista es maravillosa, privilegiada, si bien no es lo que querría estar viendo dadas las circunstancias. La locomotora avanza a gran velocidad mientras proyecta una columna de humo hacia los cielos. Es casi perfecta, si no fuera por esa válvula que algún día les dará problemas, seguramente más pronto que tarde. Lástima que la codicia de las personas sea lo que mueva este mundo.

Con el corazón acelerado, me sorprendo gritando y pidiendo una ayuda imposible de conseguir llegado a este punto. Sin embargo, el grito se pierde en el aire, enmudecido por el estridente chirrido de la zapata de freno y el agradable pitido del silbato. Por lo menos moriré escuchando ese maravilloso sonido, que me asegura que voy a ser el causante de un grave —con suerte imperdonable— retraso en el primer viaje de la locomotora.

Pablo Fernández de Salas

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