
Si cerraba los ojos, María recordaba perfectamente la sensación de terror recorriéndole la columna vertebral de abajo a arriba, poniéndole el vello de punta. Había pasado mucho tiempo desde aquello, pero seguía siendo incapaz de dejar de pensar en aquel momento.
El ruido atronador de las bombas estallando. El humo cegándoles los ojos. El olor a carne quemada. El rojo de la sangre. Los muertos, los heridos, el caos. El presentimiento de que algo malo iba a ocurrir ese día. Era, sobre todo, esto último, lo que menos la dejaba avanzar y seguir con su vida.
María miró a su alrededor, a toda aquella gente que iba y venía por trabajo u ocio. No sabía si alguno de ellos también había sobrevivido a la masacre. Si sería posible que se reconocieran unos a otros, y con solo mirarse a los ojos, pudieran saber si habían estado en aquel tren cuando todo había sucedido.
Recordaba con inquietante nitidez el momento exacto en que había reaccionado y se había dado cuenta de lo que estaba pasado en aquel vagón, de que su novio Carlos no se había quedado dormido sobre ella, sino que era una de las cientos de víctimas cuya vida los terroristas se habían cobrado. Nunca sabría si había intentado salvarla interponiéndose entre ella y algún trozo de metralla, o si la casualidad hizo que su cuerpo yaciendo ya muerto sobre ella impidiera que le hubiesen causado un trauma físico mayor.
Solo sabía que, de vez en cuando, sola en su cama, que anteriormente había compartido con él, todavía sentía el toque fantasmal, ya casi imperceptible con el paso de los meses, de sus labios sobre su mano en un beso imaginario de buenas noches.
Pensó en su madre, su padre y su hermana, en cuántas veces lloraron por ella y cuántas otras oyó eso de que el tiempo todo lo cura y todo lo pone en su lugar. En ese momento de rememorar, igual que en cada instante en que escuchó esa frase vacía, solo quiso reír amargamente. Qué sabrían ellos del tiempo, si el suyo se había detenido aquel día de marzo.
Sin embargo, había hecho todo lo posible por seguir. Seguir adelante, seguir luchando, seguir viva, seguir respirando. Creía firmemente que había sido capaz de hacerlo y, no obstante, en ese mismo segundo, la certeza de que le había sido imposible recuperarse la golpeó con un mazazo.
María miró una vez más a su alrededor, tratando de reconocer, entre todas aquellas caras, una mirada amable que viera más allá de sí misma. No la encontró.
Ataviada con su vestido más nuevo y más bonito, soltó su maletín de trabajo en el suelo y caminó hacia el borde del andén. Nadie estaba reparando en ella y una cierta sensación de paz se había adueñado de todos sus sentidos. Sintió, más que vio, el tren entrar a la estación a través del túnel y supo que aquella era la oportunidad que estaba esperando después de tanto tiempo.
Sonriendo, abrió los brazos y desplegó unas alas imaginarias. Y saltó.
Esther León