
Manos de hielo. Mientras me acerco a la orilla miro la gran esfera naranja que asoma entre los edificios, al otro lado del agua. El sol desciende rápidamente en esta época del año y, a pesar de que no hay una sola nube en ese cuadrante del cielo, puedo mirarlo directamente. No me molesta en los ojos. Tampoco siento su calor. Avanzo lentamente, no quiero espantar los patos que ya duermen en la orilla con la cabeza escondida bajo el ala. Pero mis pasos son crujientes sobre una alfombra amarilla y naranja.
El calor sigue escapando de mis manos. Escapa y vuela hasta las copas de los árboles. Lo veo en los susurros de sus hojas; en el reflejo de ese sol esquivo que revela toda la gama del amarillo al rojo.
Y mis manos siguen heladas.
Oigo un chisporroteo acompañado de un aire cálido. Cálido es también el olor a humo. Cierro los ojos, siento su presencia detrás de mí. Aspiro su perfume cuando me rodea con sus brazos. Oigo el crujido del papel. Sonrío cuando siento el calor en la cara. Cojo el cucurucho de entre sus manos.
Castañas.
Ahora sí, empiezo a entrar en calor.
Laura Barranco Navarro
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