Máquina para comunicarse con las estrellas

(Ante todo, me gustaría aclarar a los lectores que este escrito que hoy os presento no es un cuento, no es un relato como tal. Pero es mi verdad, y sale de lo más hondo de mi corazón).

La primera vez que nos conocimos, yo acababa de nacer. No recuerdo nada de aquello, pero puedo imaginarme entre tus brazos, con tus rizos, por aquel entonces todavía morenos, haciéndome cosquillas en la cara mientras me abrazabas y me dabas un beso en la frente, preludio de tantos otros que vendrían después, que significaba “te cuidaré toda mi vida”.

Al principio, durante mis cuatro primeros meses de vida, no estabas sola. Sin embargo, la vida nos dio a todos un golpe. Yo no podía ser consciente en ese momento, y tampoco lo fui hasta muchos años después, cuando mis ansias de saber más y de conocer a todos los miembros de nuestra familia, incluso a los que ya no estaban entre nosotros, me llevó a hacer preguntas. Y siempre, no importaba sobre qué estábamos hablando, acababas igual la conversación: “Si tu abuelo te viera, qué orgulloso estaría de ti”.

Luchaste hasta el final, nunca te flaquearon las fuerzas. O sí, pero no me enteré, porque no quisiste de ningún modo mostrar debilidad ante nadie. Eras fuerte, valiente, decidida. Por mucho dolor que te deparara el destino, por muchos obstáculos que la vida te puso en el camino. Te hiciste cargo de ti, de tus hijos, de tus hermanos y, sobre todo, de mí. Jamás faltaste a esa promesa, aquella que hiciste dentro de tu corazón la primera vez que me sostuviste entre tus brazos todavía jóvenes, sin las arrugas que tanto me gustaba repasar a mí con los dedos conforme aparecían sobre tu piel.

Aprendí muchas cosas en el camino que recorrimos juntas. Imité tu testarudez, compartí algunas de tus manías y te amé incondicionalmente, más de lo que llegaré a amar a nadie en toda mi vida.

Y, de repente, te fuiste. Estabas bien un día, y diez días después, mi corazón estaba roto en tantos pedazos que pensé que nunca jamás se recompondría. No lo hizo, efectivamente. En ese instante, se paró el tiempo, era incapaz de pensar. Solo te quedaba un resquicio de vida, enganchada a tantos cables que acercarse a darte un beso era casi una tarea titánica. Mi pregunta en aquella consulta aséptica, a esa doctora que no tenía ni idea de lo que significábamos la una para la otra, todavía resuena de vez en cuando en mi cabeza: “¿Puedo entrar yo sola a despedirme de ella?”. Y mi petición: “Necesito ir yo sola”. La mirada de mi madre cuando intentó tocarme y me aparté… esa tampoco se me olvida. Te di un beso, te abracé y te dije que te quería. Quiero pensar que me escuchaste y me contestaste mentalmente: “yo también”.

Desde entonces hay un vacío en mi corazón, un agujero negro que nunca acabará de cerrar. ¿Cómo…? Si después de casi cuatro años, cuando necesito hablar con alguien, cojo el teléfono, marco tu número y, antes de apretar al botón de llamada, lo aparto de mi oreja y pienso amargamente: “Esther, tonta, todavía no podemos comunicarnos con las estrellas”. Me pregunto muchas veces qué estarás haciendo allí arriba, y si has logrado volver a reunirte con el amor de tu vida. Seguro que sí, dos almas tan puras tienen que haberse reencontrado en algún punto del universo.

Recuerdo que el día anterior a irme de Erasmus me dijiste: “No te olvides nunca de mí”. Sentadas frente a frente, te miré a los ojos e hice una promesa que todavía hoy cumplo: “Nunca te olvidaré, abuela”.

Esther León

Deja un comentario