La última cena

Nunca me había planteado que algún día podría estar aquí encerrada, entre estas cuatro paredes. Crecí en una familia normal, rodeada de gente normal, con amigos normales. Estoy segura que nunca me faltó el amor de mis padres, y que recibí tantas muestras de cariño como yo di. ¿Cómo pudo torcerse tanto mi destino?

Me desperté, de repente, como cuando caes dentro de una pesadilla. Me faltaba el aliento, me dolían las costillas por no poder respirar. Miré a mi alrededor y, de pronto, la vi. La sangre. Manchas que no deberían estar ahí, pegadas a mi ropa, bajo mis uñas. Fijé la vista en un bulto a mis pies y mis ojos confirmaron lo que más temía en mi interior. Era él, estaba muerto.

Han pasado dos años desde aquel momento, decenas de juicios, centenares de declaraciones ante la policía y mis abogados. No me creen cuando digo que no lo hice, o si lo hice, que no recuerdo nada. Hoy estoy aquí, en mi celda del corredor de la muerte. Mi final llegará en unas horas, y me han ofrecido mi última comida. Solo he podido pensar en el alimento que me transporta a mi infancia, a mis recuerdos felices: queso. Si voy a morir, que la muerte me sepa a gloria.

Deja un comentario