
Está nerviosa. Lleva horas, días, semanas enteras con la misma rutina. La lluvia golpea la ventana, pero eso no impide que la calle la atraiga como si la actual situación afectara hasta a la propia ley de la gravedad. Hace tanto tiempo que no se sienta en un banco del parque a leer; que no comparte una cerveza con sus amigas; que no discute con sus padres sobre la precariedad de su profesión; que no lleva, en definitiva, una vida normal…
De pronto se le nubla la vista.
¿Qué día es hoy? Martes, tal vez. O jueves. Puede que incluso domingo. No es que sus nombres signifiquen nada últimamente. La cabeza le da vueltas, pero hace poco que se tomó la última pastilla y debe esperar. Suspira e intenta dejar la mente en blanco mientras se pone los guantes. Sábado, está convencida de que es sábado.
Su paciente espera tumbado en la cama, con una bufanda a modo de mascarilla y los ojos expectantes.
—Veamos, creo que hoy te encuentras mejor —dice ella mientras lo ausculta con delicadeza.
El niño tiembla ante el frío contacto del metal con su piel, pero deja que las enguantadas manos recorran su pecho. Luego, con su tono más inocente, pregunta:
—¿Estás mareada?
Tan inusitado interés pilla a la mujer desprevenida. Se asoma a los ojos de él, pero no encuentra nada que indique segundas intenciones, tan solo preocupación.
—Un poco —responde.
—Doctora, mi mamá sabría curarte —continúa el niño.
Otro comentario inesperado. Ella decide seguirle el juego.
—Ah, ¿sí? ¿Y eso por qué?
—Porque también es doctora. Doctora en física.
La respuesta le sonsaca una sonrisa.
—No creo que pueda curar el mareo, entonces.
—Sí que puede —insiste el niño—. Es la mejor madre del mundo.
—Ah… ¿Y eso cómo lo sabes?
Vuelve a mirarlo a los ojos y esta vez reconoce esa chispa de picardía que antes le había ocultado tan bien.
—Porque me hace de comer cosas ricas, me riñe poco y me ayuda con los deberes. Y es tan importante que trabaja mucho con el ordenador, hablando con gente tan importante como ella. Bueno, quizás no tanto como ella. Antes viajaba mucho por su trabajo, pero ya no puede. Yo prefiero que se quede en casa.
—Entiendo. Y yo, ¿no soy importante?
Es el turno del niño de sorprenderse con la pregunta. La mujer casi puede ver cómo maquina su infantil cerebro de seis años, buscando una respuesta apropiada.
—Ahora eres mi doctora, así que eres importante. Pero no tanto como mi mamá.
Una ráfaga de viento empuja nuevas gotas contra la ventana, captando la atención del pequeño.
—Vale, hoy tenemos a un paciente sano —dictamina la mujer mientras se quita los auriculares—. ¿No te parece?
—Sí, hoy me encuentro muy bien.
—¿Quieres probar tú ahora? —pregunta ella, entregando al niño la cuchara con auriculares pegados con celofán que ha estado utilizando para auscultarlo. El niño, sin embargo, deja el improvisado estetoscopio a un lado de la cama.
—Ya que estoy bien, ¿puedo ir a jugar al parque? —La madre sonríe, comprendiendo por fin la finalidad de los halagos—. Ahora eres mi doctora, pero como mi mamá seguro que me dejarías —matiza el niño.
—Como tu «doctora», no puedo dejarte. Y como tu mamá, pienso que eres un poco canalla. Sabes que no puede ser, por eso me tengo que quedar trabajando en casa. Y tú deberías apoyar a tu mamá no insistiendo más. Pero cuando todo esto termine, nos iremos unos días a la playa. ¿Te parece bien?
—Lo que mi doctora diga —responde el niño, aunque su decepción es evidente.
A la mujer le duele verlo así, pero agradece en silencio que se porte bien cuando tiene que trabajar.
—¿Sabes? Esta noche podemos ver una de esas películas de superhéroes que tanto te gustan —dice.
—Vale, pero mi mamá es mejor. Seguro que ellos no aguantarían tanto tiempo dentro de casa.
Las palabras desconciertan a la mujer, que es incapaz de distinguir si ha sido testigo de un razonamiento que considera demasiado maduro para su hijo o de su último intento de convencerla para que lo deje salir a jugar.
El brillo de admiración que cree ver en los ojos de su pequeño le despeja las dudas.
Pablo Fernández de Salas