
Adela se levanta del sillón y avanza hacia el aparador con paso vacilante. Cuando llega frente a él, se ajusta el cinturón de la bata, se apoya la mano izquierda en la lumbar y suspira a la vez que descuelga el insistente teléfono. Hace ya más de quince días que su contacto humano se reduce a la voz al otro lado de la línea. Quince días sin bajar a la plaza, ni a misa ni al ambulatorio.
—Mamá, ¿cómo estás? ¿Estás comiendo bien?
—Sí, hija. La vecina, que es muy simpática, me deja el pan ahí en la puerta y me pica al timbre.
—Mamá, no te oigo bien, tienes la tele muy alta. ¿Pero lo limpias todo?
—Todo, todo, con lejía, sí.
—Tú no salgas para nada, que te conozco.
—No, hija, yo en casa todo el día.
Adela lleva ya dos domingos sin cocinar paella ni el bizcocho favorito de su nieta. Se sienta de nuevo en el sillón y coge el mando de la tele. A ella no le parece que esté tan fuerte.
Rufo sabe que algo no va bien. Nunca ha estado tanto tiempo sin ver a Martina, con lo bien que se lo pasa correteando detrás de ella. Adela también ha dejado de gritarle a la tele, ahora solo la mira sin verla. Hace tiempo que no la oye cantar en la cocina, ni la ve ponerse los rulos en el pelo, esos que al principio le daban tanto miedo. Le da la impresión de que incluso huele diferente. Con la pata derecha rasca la suave zapatilla de felpa.
—¡Estáte quieto!
Pero Rufo no se detiene. Al contrario, de un salto se coloca sobre el regazo de la mujer.
—Viejo chihuahua tonto.
Rufo levanta las grandes orejas y mira a Adela a los ojos.
—No me mires así, eres muy pesado.
Pero empieza a acariciar su lomo distraídamente. Rufo agacha la cabeza y la apoya entre las patas. Poco a poco se le cierran los ojos. Se revuelve en sueños, haciéndole cosquillas a Adela en el vientre.
—¡Míralo cómo ronca, el tío! —masculla Adela, complacida, sin dejar de acariciar al animal.
Laura Barranco
*Imagen de Emanuel Reinhardt en Pixabay