El color del fuego

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—El viento ha avivado las llamas y los bomberos no consiguen controlar el fuego. Si las temperaturas no bajan y las nubes no traen algo de lluvia, las consecuencias pueden ser catastróficas. Las autoridades locales ni siquiera se atreven a cuantificar los daños…

Hacía más de un mes que Miguel había escuchado aquellas oscuras predicciones en la radio nacional, cuando volvía de unos días de descanso en la montaña. Ironías de la vida, ya no podría disfrutar del verde de los prados en la provincia vecina, pues el fuego había convertido el paisaje en una foto en blanco y negro. Ahora se encontraba en una cafetería frente a la sede de la Delegación de Gobierno repasando el comunicado de solicitud de manifestación.

Mientras diversas organizaciones ecologistas habían exigido medidas de prevención y, sobretodo, de castigo a los responsables, aunque solo fuera por negligencia, Miguel pensaba que los afectados necesitaban también algún tipo de medida simbólica de reconocimiento por el sufrimiento, por todo lo que habían perdido. Familias enteras habían perdido sus casas. Granjas, campos de cultivo y fábricas habían ardido. La zona tardaría décadas en recuperar su economía. Y no solo eso. También era imposible de cuantificar el daño medioambiental, todas las especies animales y vegetales que habían perdido su hábitat.

Miguel no podía dejar de pensar en tantas personas que necesitaban una conmemoración, por mínima que fuera, un pequeño homenaje que les recordara que no lo habían perdido todo, que todavía podían contar con la solidaridad de sus vecinos. También pensaba que las medidas que tomaban sus compañeros ecologistas no eran suficientes. La gente se preocupaba mucho cuando veía esas noticias en la tele, pero se les olvidaban cuando dejaban de aparecer en los periódicos y volvían a sus preocupaciones cotidianas. Miguel no podía culparlos por ello, a él  también le pasaba con otros problemas que le eran más ajenos. Y por eso mismo quería encontrar un modo de que siempre estuviera presente el problema. Sólo así conseguiría concienciar a la población de que tenía que ser responsable con sus acciones.

Miguel estaba seguro de que todo el mundo conocía las reglas básicas, esas que se enseñan en la escuela: no tirar colillas, no hacer hogueras al salir de excursión, no dejar residuos inflamables o botellas de cristal que pudieran actuar como lupas y provocar un incendio… pero estaba seguro de que la gente olvidaba aplicarlas porque no había nada que les recordara la devastación que provoca el fuego. Necesitaba un recordatorio constante, que no desapareciera en el olvido.

En ello pensaba una lluviosa mañana en su oficina, sentado a su escritorio frente a la ventana. El sol hacía un tímido amago de salir entre una nubes que no dejaban de descargar y, como para alegrar el plomizo día, un brillante doble arco iris se dibujó en el cielo. Allí estaban el rojo y el violeta de las flores, el amarillo del sol, el azul del cielo y del mar; los colores de la naturaleza reunidos en un armonioso conjunto que desaparecería en cuanto alguno de los dos bandos ganara la batalla. Y allí, entre las flores y el sol, estaba también el naranja del fuego, como unas semanas antes en la provincia vecina. A Miguel su sola presencia le pareció insultante para un paisaje que había destruido. En ese mismo momento, las personas que lo habían perdido todo estarían mirando esa misma banda naranja que había roto sus sueños e ilusiones. Pensaba en las cabras, en las ardillas, en los pájaros que no volverían a posarse sobre una rama marrón, que no volverían a correr sobre un prado verde; en las mariposas que no volverían a beber el néctar de una roja amapola, en las abejas que ya nunca más probarían el polen de las violetas.

Y entonces lo vio claro. Lo tomarían por loco, pero a él le pareció la idea más brillante que había tenido jamás. Tenía que eliminar el color naranja del arco iris; así, cada vez que cualquier persona, en cualquier lugar del  mundo, mirara por la ventana en un día lluvioso y con sol, notaría el hueco vacío entre el rojo y el amarillo y recordaría que el mínimo despiste podría hacer desaparecer todos los colores y dejar su mundo en el más absoluto acromatismo.

Laura Barranco

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