
La radio predicaba sus noticias con ánimo fúnebre. En las últimas semanas, era eso o tener de fondo los titulares sensacionalistas de los telediarios. Un experto hablaba de cifras y del significado de la palabra «exponencial», tan en boga recientemente como su propio crecimiento. El diálogo entre el presentador y el experto, emitido con un deje metálico, alcanzaba las paredes con la misma aceptación que lo acogían los oídos de Paula, centrados en los comentarios de su amiga.
—Solo necesitas un retoque en la cintura. Déjame añadir un retazo. Ahora, ya está. —Gloria se llevó las manos a la boca, bien para contener la emoción, bien para disimular una sonrisa de espanto. De ser lo segundo, la disimuló muy bien, pues agregó—: Estás preciosa.
Paula estudió con ojo crítico su reflejo en el espejo. Era un espejo pequeño y no le dejaba ver su cuerpo completo. Para facilitar la tarea, lo habían descolgado y apoyado en lo alto de un sillón, de donde lo recogió Gloria con evidente esfuerzo, alzándolo y girándolo según le pedía su amiga para que esta pudiera contemplar su vestido.
—Es lo más horroroso que he llevado en mi vida. ¡Me encanta! —exclamó Paula.
La conversación de la radio había derivado hacia una comparativa entre el número de fallecidos en distintos países. El presentador intentaba desviar el tema hacia la validez de las predicciones de algunos modelos existentes, pero el experto parecía más interesado en ofrecer su opinión sobre las medidas que habían tomado los países frente a la pandemia.
—¿Crees que a Filippo le va a gustar? —preguntó Paula.
—Sin duda —respondió Gloria.
Cuando se decretó el estado de alarma, las dos amigas se encontraban pasando unos días en San José del Valle, una pequeña localidad gaditana donde la familia de Gloria tenía un piso cerca de la iglesia del pueblo. Originarias de Madrid, las dos mujeres llevaban planeando desde hacía meses unas deseadas vacaciones campestres, y la posibilidad de pasarse unos días conociendo el paraje natural que rodeaba el pequeño pueblo gaditano, apenas unas semanas antes de la boda de Paula, se les antojó irresistible. La novia vivía con sus abuelos en Madrid, habiendo perdido a sus padres cuando era demasiado pequeña como para recordarlos, y necesitaba, además, un poco de sosiego para ultimar los detalles de la ceremonia, que hubiera tenido lugar en la capital española de no ser por la inesperada expansión del virus.
—¿Preparo el ordenador? —preguntó Gloria, deseando soltar el pesado espejo. Paula asintió con la cabeza—. Filippo me había escrito hace unos minutos diciendo que ya estaba listo. Pobre, debe de estar pasándolo fatal en Turín.
Filippo era el novio. Se habían conocido durante el año de Erasmus que él había disfrutado en Madrid. Poco después, él decidió quedarse a vivir en España. La masiva cancelación de vuelos y el cierre de las fronteras lo había pillado de visita familiar.
—Hubiera sido muy irresponsable que nos intentáramos reunir en la ciudad —comentó Paula, aunque no pasaba un día en el que no se arrepintiera de la decisión—. Y total, para qué, si la ceremonia no iba a tener lugar como la habíamos planeado de todas formas.
Un minuto después, la pantalla del ordenador mostraba dos caras morenas rodeadas de un denso pelo rizado.
—¡Hola!
—¡Filippo, Giulia! ¿Qué tal? ¿Todo listo?
—Oh, guau. Ciao, Gloria. Ciao, Paula. Sei bellisima!
—Ciao, amore! Il vestito ti sta benissimo. ¡Qué sorpresa!
—Ya, ¿verdad? L’ha fatto Gloria.
—Sí, para algo había que aprovechar el papel higiénico. Creo que nos volvimos un poco locas comprando, pero el agobio se contagia con más rapidez que el propio virus.
—Ja, ja. È un’ottima idea.
—¿Y tú? ¿Qué te has puesto? Aléjate de la cámara que te veamos.
—Oh, ¡qué preciosidad de traje!
—Era de mi padre. Es un poco vecchio, pero será bien.
—Es estupendo, cariño. Estupendo.
La conversación siguió adelante en una mezcla entre castellano e italiano, acompañada por la radio, aún de fondo, que anunciaba productos de limpieza y jabones de manos en un descanso que había tomado la entrevista. La boda oficial carecía de nueva fecha por el momento, pero esa tarde tuvo lugar lo que Paula y Filippo recordarían siempre, en contra de la tradición del primer año, como su boda de papel.
Pablo Fernández de Salas